
Cuando termina un año…
Cuando termina un año suele empezar otro, o al menos esa es la costumbre. Vendrán las vacaciones, se disfrutará del verano, y se renovarán energías para “lo que se viene”, algo de contornos mucho más imprecisos y agobiantes que lo que se va, como es costumbre vaticinar. En realidad, donde había ochos ahora habrá nueves, y ése es el mayor cambio a esperarse.
Porque al final, existe la imperturbable continuidad. Agrupamos el tiempo en unidades, con el fin de descartar las que no nos gustaron mucho y recibir con expectativas las siguientes. Expectativas depositadas en la unidad siguiente, como si mágicamente, por ser distinta a la anterior, pudiera resolver nuestros problemas o aguar nuestras preocupaciones. No.
Los años terminan y empiezan en una fecha que es puramente arbitraria para los corazones, que son los principales protagonistas en las vidas de las personas. Ni las vueltas de la Tierra, las estaciones, o el período de trabajo y las vacaciones se preocupan tanto del año que viene, como los sensibles corazones. Sensibles al tiempo mismo, que pasa, pasa, y que por su naturaleza tan unida a la vida en su sentido más auténtico, no quieren dejarlo pasar.
Quizás aprenderemos alguna vez que los corazones, traspasados por el amor más sutil del Creador, son eternos, y conocen tan poco de las vueltas del calendario como de los ciclos lunares.
Es que empezar de nuevo no es otra cosa que imaginar algo nuevo; soñar con una realidad que es distinta a la actual. Y es eso algo que se hace en cualquier tiempo, todavía más, fuera del tiempo. De ahí que encuentre tan certera la frase que dice que “nunca es tarde para lo esencial”. Será que “lo esencial”, las cuestiones del corazón, están más allá de los relojes, las arrugas, y del horario en sí…
Mirando hacia atrás, poco podíamos predecir de los vaivenes que viviríamos en el 2008; tanto menos lo haremos del 2009. Porque quizás no sea nuestro el juego del adivino, y no nos debamos en absoluto a la tarea de augurar crisis, alegrías, guerras, o penas.
Quizás sólo tengamos que imaginar cómo nos vemos en los soles venideros, y empezar a hacer los cambios pertinentes, empezando por nosotros mismos. Soñar despiertos el día de mañana para nuestros seres queridos, para nosotros, y para todos.
Piénsese en algunos arbustos, que esperan a la primavera para florecer. Piénsese en los animales, sujetos a sus períodos de apareamiento. Nótese la diferencia con el corazón del hombre, que puede cambiar a fuerza de voluntad e imaginación, de amor (el acto que le es propio) y perseverancia, cuanto quiera, para bien o para mal.
Ahora que termina el año y que, por costumbre, empieza otro, aprovechemos la separación útil (aunque arbitraria para lo esencial) que nos brindan los calendarios, con el fin de mudar las asperezas del pasado al olvido (o al recuerdo pedagógico, mucho mejor) e imaginar una primavera de orquídeas, jacintos y alegrías de doce meses.
Quizás no para nosotros, tan atados a la luna. Pero para el corazón, lleno de Dios, sí que es posible…
Nicolás Bracciaforte es mi hermano "del medio" de tan solo 23 años y casi abogado. Es un escritor nato con una increíble habilidad para plasmar lo que sentimos en palabras. Esta bienvenida recién publicada (que no fue autorizada por él) es solo una muestra de su capacidad. Como lector asiduo que soy reconozco de manera totalmente subjetiva pero real su futuro como escritor.
Gracias hermano por tus palabras.
Friday, January 2, 2009
Aprovechemos la arbitrariedad del calendario, bienvenido 2009
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